El Último Grito
Por Deborah DeSilets
En un futuro venidero, donde la noche no dejará dormir a los jóvenes, la mente, que una vez fue un paisaje sonoro armonioso que reflejaba un universo de sueños, ahora los tenía prisioneros. No con sombras ni monstruos, sino con un latido estéril y palpitante, impulsado para impedir el sueño. Los viejos, con la solemnidad de los enterradores, barrieron el brillo con el polvo. Fue un ritual de borrado, un adiós definitivo a los restos de un mundo que aún recordaba la música con melodía.
El brillo, esos restos indefinibles de memoria y emoción, fue recogido en un último y sentido barrido. Un montón de ansias de vida, de alegría y tristeza olvidadas, fue llevado lejos, una carga pesada y silenciosa que se sentía como una pregunta: ¿debemos llorar? No lo hicimos, y no podíamos. La capacidad misma para llorar había sido purgada sistemáticamente. Los días, una vez resonados con música que resonaba con las intrincadas y fluidas melodías de Debussy, hacía tiempo que habían quedado en silencio. Esa delicada belleza impresionista, un tapiz sonoro que una vez reflejó el flujo y reflujo del sentimiento humano, se aplanó en un tenue grito milenario. Un zumbido hueco y sin alma que no servía para nada más que llenar el aire. Era un sonido desprovisto de humanidad, una sombra de lo que una vez fue la música.
Esto no fue un accidente. Fue el resultado de un acto deliberado, la culminación de un proyecto para “matar el ritmo donde todo empezó”. La esencia de la materia residía en la armonía. Reemplázala rápidamente con un patrón simple de tres notas que se había declarado el nuevo estándar. Esta trinidad de tonos era una jaula, una simple valla que bloqueaba toda posibilidad de variación. Era una especie de tiranía sónica, una eficiencia despiadada que priorizaba un ritmo uniforme y predecible sobre el caótico y glorioso desorden de la expresión humana. Los acordes que una vez se entrelazaban, creando un rico tapiz de emociones, ahora eran un anacronismo.
Al desaparecer la armonía, las emociones que antes crecían con un crescendo o caían con un suave diminuendo se desvanecieron. La melodía y la armonía no eran solo sonidos; eran el lenguaje mismo del alma. Los nuevos ritmos, un estruendo rítmico en la mente, eran implacables. Ahuyentaban cualquier pensamiento fugaz sobre una tonalidad mayor o menor. Eran un martilleo, un pulso constante y predecible que servía para regular, no para inspirar. Eran una intrusión, no un consuelo. La mente, antaño tan bien cuidada por las delicadas estructuras de la rima y la métrica, ahora era un campo en barbecho, un espacio donde solo el estruendo del ritmo podía crecer.
Y así vivíamos. En un mundo donde la música era un arma contra los sentimientos, una herramienta de pacificación. Los jóvenes no podían dormir porque su mente era la jaula; y un pájaro enjaulado nunca canta.


